EN EL CAMINO JACK KEROUAC BUSCA LA BEATITUD

 

María Elena Aguirre - Univ. Nacional de Córdoba

 

 

Los estadounidenses emergieron de la Segunda Guerra Mundial orgullosos de su poderío militar e industrial. Las ventas de armamentos catapultaron su economía, y como los otros países industriales del mundo – Francia, Alemania, Japón, Rusia – habían sido devastados durante la guerra, las manufacturas americanas gozaron de un monopolio en el comercio internacional. En el plano local se incrementaron las ventas, y se fortaleció la sociedad consumista. El “boom” americano de la década de 1920, detenido temporariamente durante la Depresión, había sido puesto en marcha nuevamente.

Sin embargo, algunos intelectuales, sociólogos, economistas y artistas advertían que la afluente sociedad de 1950 era una sociedad alienante y alienada. Los escritores Beat se rebelaron en contra del materialismo y la conformidad social de su tiempo, y envueltos en una mística de drogas, jazz, sexo, alcohol y Budismo Zen, buscaron un estilo de vida alternativo. Al respecto leemos en la Norton Anthology of American Literature:

 

La generación Beat presumiblemente estuvo compuesta por jóvenes enojados o simplemente aburridos por la mentalidad “conformista” de la década de 1950: la insistencia en los estudios universitarios, la carrera, el matrimonio – o sea, la orientación general de la clase media. (2054)

 

Estos jóvenes irritados – Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gary Snyder, William Burroughs, y Gregory Corso – rechazaban el estilo de vida de la clase media americana y su sistema de valores. John Ciardi (1960), si bien considera a los Beat unos excéntricos desaliñados y no unos intelectuales serios con una teoría coherente y sólida, parece comprenderlos cuando expresa lo siguiente:

 

Hay razón suficiente para que los jóvenes se rebelen en contra de los patrones de la complacencia americana: Levantarse a las 6:30 para marcar tarjeta a las 8:00 y en casa a las 5:00 para ver TV pagado en cuotas difícilmente pueda resultarle a los jóvenes un romance con el universo. Tampoco el éxito que significa tener dos autos y una pileta de natación resultan muy atractivos cuando todo se reduce a sentarse allí en una conversación superficial, y de martini en martini. (Parkinson 263)

 

Los Beat no aceptaban esa vida estructurada y buscaban su propia identidad, poder ser ellos mismos, vivir sin límites y en el vértigo, gozando de las cosas simples y al margen de la sociedad de consumo. La palabra beat admite dos interpretaciones. Tal como lo explica Mark Schorer (1970) beat alude a la pérdida en el mundo competitivo, al abuso ejercido por la sociedad, y al abandono del juego. Pero beat también sugiere beatitud, una nueva serenidad (745). El mismo Jack Kerouac solía expresar: “Yo no me avergüenzo de usar el crucifijo del Señor. Porque yo soy un Beat, o sea, yo creo en la beatitud” (Parkinson 69). Entonces, si la palabra beat es interpretada en el primer sentido, los Beat eran hombres marginados, inadaptados, destruidos por el sistema. Si en cambio la palabra significa beatitud, la actitud de estos jóvenes expresaba una búsqueda de un estilo de vida diferente, más vital, más feliz, más “beatífico.”

En la novela On the Road (1957), En el Camino, los protagonistas, Sal Paradise (Jack Kerouac en la vida real) y Dean Moriarty (Neal Cassady en la vida real), viajan frenéticamente, “la ruta es la vida,” (la mayoría de las veces haciendo dedo, a veces en autos de segunda mano); van a fiestas “wild,” hedonistas, en New York, Denver, y San Francisco; viven en la marginalidad o tienen trabajitos ocasionales tales como recoger fruta o cuidar una playa de estacionamiento; hablan incesantemente del amor, Dios y la salvación; se drogan con marijuana y alcanzan un estado de éxtasis; escuchan jazz con arrobamiento; y practican el amor libre hasta el delirio. Se trata de vivir rápido y espontáneamente, con exhuberancia, liberados de todo freno o equema que la sociedad pueda imponer. Se trata de ser un “hipster,” no un “square.”

Estos jóvenes recorren el país de costa a costa y en el contacto con la naturaleza y los outsiders (Mejicanos, Negros, trabajadores golondrinas, criminales) alcanzan un estado de “beatitud” y configuran una identidad ajena a todo establishment. Realizan cuatro viajes. Se alejan de Nueva York y van hacia el Oeste, California, y también hacia el Sur, Nueva Orleans, y aún llegan a Méjico. Este marchar desde el Este hacia el Oeste, y luego hacia el Sur, puede leerse como un intento de abandonar la sociedad de los “squares,” la cual equivale a conformismo, materialismo, y muerte, para viajar hacia un mundo mucho más primitivo, más inocente, y más vital. El viaje termina siendo un viaje interior, un viaje hacia la propia identidad.

En el mundo de la novela Nueva York es una ciudad “sombría” y “loca”; una ciudad con inviernos “llenos de escarcha” y gente enloquecida por el afán de ganar dinero:

 

De repente me encontré en Times Square...observando la locura total y frenética de Nueva York con sus milones y millones de personas esforzándose por ganarles un dólar a los demás, el sueño enloquecido: cogiendo, arrebatando, dando, suspirando, muriendo sólo para ser enterrados en esos horribles cementerios de más allá de Long Island. (EC 129)

 

En cambio el Oeste es el futuro, una fuente de esperanza y de regeneración. Cuando Sal Paradise decide emprender el viaje hacia el Oeste él sabe que “durante el camino habría chicas, visiones, de todo; sí, en algún lugar del camino me entregarían la perla” (EC 19). Y ciertamente en el viaje hay lindas chicas, sexo desenfrenado, alcohol, jazz, drogas, visiones y éxtasis, y por momentos los personajes creen que la perla les ha sido dada. También anhelan ellos alcanzar un cierto IT, un LO:

 

Y de hecho estábamos haciéndolo al compás de nuestro ritmo y de LO que habíamos captado y de nuestra alegría al hablar y vivir y de las innumerables particularidades angélicas que acechaban nuestras almas y nuestras vidas. (EC 248)

 

Jack Kerouac se muestra hostil hacia la civilización ya que ve en ella una suerte de muerte espiritual. Por el contrario, le agrada el hombre rural porque en él está la vida verdadera:

 

Oí una gran carcajada, la risa más sonora del mundo, y allí venía un amojamado granjero de Nebraska con un puñado de otros muchachos. ...El mundo no le preocupaba y mostraba una enorme atención hacia todos. Dije para mis adentros: “ ¡Whamm!, escucha cómo se ríe ese hombre. Es el Oeste, y estoy aquí en el Oeste. (EC 31)

 

El mismo entusiasmo le despiertan los negros, pues son muy primitivos, muy espontáneos, muy beat:

 

Al atardecer malva caminé con todos los músculos doloridos entre las luces de la 27 y Welton en la parte negra de Dénver. Y quería ser negro, considerando que lo mejor que podría ofrecerme el mundo de los blancos no me proporcionaba un éxtasis suficiente, ni bastante vida, ni alegría, diversión, oscuridad, música; tampoco bastante noche. ... Quería ser un mexicano de Dénver, e incluso un pobre japonés agobiado de trabajo, lo que fuera menos lo que era de un modo tan triste: “un hombre blanco” desilusionado. Toda mi vida había tenido ambiciones blancas. ...Pasé por delante de los sombríos porches de las casas de los mexicanos y los negros; había voces suaves, ocasionalmente la morena rodilla de una chica misteriosa y sensual; y detrás de emparrados y rosales, oscuras caras de hombres. Niños sentados como sabios en viejas mecedoras. (EC 215-216)

 

El viaje a Méjico, un país tan distante a los Estados Unidos, no en términos de distancia sino de civilización (recién está saliendo del siglo diecinueve), significa para Sal un viaje hacia el “dorado mundo de donde procedía Jesús” (EC 353). Méjico es primitivo, misterioso, y santo, la base de la verdadera humanidad:

 

Era como conducir a través del mundo por lugares donde por fin aprenderíamos a conocernos entre los indios del mundo, esa raza esencial básica de la humanidad primitiva y doliente que se extiende a lo largo del vientre ecuatorial del planeta. ... Estos individuos eran indudablemente indios y en nada se parecían a los Pedros y Panchos del estúpido saber popular americano...eran indios solemnes y graves, eran el origen de la humanidad, sus padres. ... Tan esenciales como las rocas del desierto son ellos en el desierto de la “historia.” ...Porque cuando llegue la destrucción al mundo de la “historia” y el apocalipsis vuelva una vez más como tantas veces antes, ellos seguirán mirando con los mismos ojos desde las cuevas de Bali, donde empezó todo y donde Adán fue engañado y aprendió a conocer.(EC 332)

 

Al llegar a Méjico, Sal y Dean se despojan de su “americaneidad” y en esas calles españolas, misteriosas, pobladas por hombres de sombrero de paja y ritmo lento, sienten que finalmente han encontrado lo que tanto buscaban:

 

A nuestras espaldas quedaba América entera y todo lo que Dean y yo habíamos conocido previamente de la vida en general, y de la vida en la carretera. Al final habíamos encontrado la tierra mágica al final de la carretera y nunca nos habíamos imaginado hasta dónde llegaba esta magia.(EC 327)

 

La gente en Méjico es amable, y “cool”; no parece estar obsesionada por la competencia y el éxito, y el trabajo eficiente de la ética protestante les es completamente ajeno. A las tres de la mañana, docenas de hombres dormitan apoyados en las paredes de tiendas destartaladas. Hay música y restaurantes abiertos toda la noche. Hasta los policías son perezosos y amables y les inspeccionan el equipaje por puro formalismo. Son muy confiados.

 

Todo arreglado muchachos. Podéis seguir. Bien venidos a Méjico...Nada de preocupaciones. Todo está bien. No es difícil divertirse en Méjico. (EC 326)

 

Allí, (¡Qué país tan salvaje! EC 327), no existe la sociedad de consumo, y menos aún el “showing off,” o el consumo ostentoso:

 

¡Auténticas chozas miserables!, de esas que sólo se encuentran en el valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias. (EC 328)

 

Y del otro lado del desierto, “La calle principal estaba llena de barro y de baches. A ambos lados había fachadas de adobe muy sucias y rotas. Pasaban burros muy cargados. Mujeres descalzas nos observaban desde sombríos umbrales” (EC 329).

A Sal y Dean también les llama la atención la vida comunitaria de los Mejicanos, “En este país nadie está solo jamás” (EC 331). Quizás pensaban ellos cuán distantes estaban los Mejicanos del individualismo del pueblo americano y el capitalismo salvaje.

A los ojos de estos dos románticos aventureros Méjico todo es un vasto campo Bohemio. Dean siente que finalmente él ha encontrado gente como él: gente “hipster,” “cool,” amistosa; gente que disfruta con las cosas simples de la vida, y sin preocuparse en emplear eficientemente el tiempo, “Aquí no hay que darse prisa” (EC 334).

Sobre todo, el viaje a Méjico significa para estos dos americanos un viaje hacia lo primitivo e inocente, a un mundo lejano a la civilización, “Desconocían que había una bomba capaz de destruir todos nuestros puentes y carreteras y reducirlos a polvo” (EC 352). Y en este encuentro con la prístina inocencia encuentran la “beatitud,” la visión de lo divino. Así, los ojos de las indiecitas se les aparecen como “los ojos de la Virgen Madre cuando era pequeña,” y poseen “la ternura y misericordia de Jesús” (EC 351).

En relación a la “beatitud” de los protagonistas cabe preguntarse lo siguiente: ¿Podemos hablar seriamente de “beatitud”? ¿Podemos considerar beatíficos a estos loquitos irresponsables que roban autos, cometen crímenes, se drogan, se embriagan y viven de juerga continua? Afirma Ann Charters que Kerouac nunca logró convencer a los críticos de que la Generación Beat era “básicamente una generación religiosa.” Y en un momento crucial de la novela Galatea Dunkel con términos muy duros le reprocha a Dean su mal comportamiento:

 

No te preocupas absolutamente de nadie, excepto de ti mismo y de tus locuras. Sólo piensas en lo que tienes entre las piernas y en cuánto dinero o cuánta diversión puedes obtener de la gente que te rodea, y luego la dejas por ahí tirada. Y no sólo eso, además pareces tonto. ¿Nunca se te ocurre pensar que la vida es una cosa seria y que hay gente que trata de hacer algo decente en lugar de limitarse a andar haciendo el idiota todo el tiempo? (EC 233).

 

Al escuchar esto, por un momento, Dean permanece en silencio “como si se encontrara ante unas revelaciones tremendamente duras” (EC 233). Pero enseguida decide ir a escuchar jazz y proseguir con su vida de vértigo

Durante toda la novela se da una tensión entre beaten y beatífico, “Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también,” (EC 233), y el considerar a los Beat de una u otra manera dependerá en gran medida de cada lector y su respuesta individual al texto.

El movimiento frenético e incesante de los protagonistas puede considerarse en sí mismo, un símbolo de “beatness,” derrota. Se trataría, entonces, de gente vencida que ha quedado descalificada en el competitivo juego de la vida y se refugia en el alcohol, la droga, el sexo, el jazz, y el movimiento compulsivo. A propósito del movimiento Beat hay quienes afirman que el mismo estaba compuesto por gente sucia, excéntrica, ociosa, y de malas costumbres; gente neurótica y llena de contradicciones internas. Para Norman Podhoretz (1958), por ejemplo, los Beat son “jóvenes espiritualmente desfavorecidos, con el alma tullida – incapaces de razonar correctamente y que odian a aquellos que sí pueden” (Parkinson 211). Y Paul O´Neill (1959) refiere que de acuerdo a un estudio realizado por Dr. Francis J. Rigney, un psiquiatra de San Francisco, “por lo menos un 60% de los Beat con quien él se comunicó eran tan psicóticos y retorcidos por tensiones, ansiedades y neurosis que les resultaba imposible abrirse camino en el mundo competitivo regular; y que el otro 20% se movían en el borde de la inestabilidad emocional”(Parkinson 246). En el mundo de la novela, vemos, efectivamente, que los protagonistas más de una vez son “beaten down,” por el gobierno, la policía, el “establishment,” incluso en el mundo literario (Sal fracasa en su intento de escribir una historia para Hollywood). Para ellos vivir significa vivir locamente, viajando de un extremo al otro del país.

Sea de ello lo que fuere, ciertamente el modo de vivir de los Beat significó para la juventud americana de la década de 1950, una revelación. En palabras de Ann Charters: “Si bien Kerouac no había tenido la intención de desafiar la complacencia y prosperidad de los Estados Unidos de la posguerra, su novela fue el anuncio de un cambio de mentalidad en el país” (OTR xxviii). Y como lo expresara William Burroughs, “la alienación, la inquietud, y la insatisfacción ya estaban allí cuando Kerouac señaló el camino”(Ctdo. en OTR xxviii). Después que la novela vio la luz, un sinnúmero de muchachos se largaron a la ruta, en el sentido literal y metafórico, ya que se trataba de buscar un estilo de vida alternativo, más vital, más plenamente humano, más “beatífico” que la vida estructurada y alienante de los productivos “square.” Fue en gran medida En el Camino, y todo el movimiento Beat, lo que preparó el terreno para la masiva revuelta juvenil de la década de 1960: el movimiento hippie.

 

 

Referências Bibliográficas:

 

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